01 de Abril de 1240 -Año del Señor.
Al fin ha concluido la “mudanza”. La tormenta no ha cesado de descargar agua sobre la húmeda tierra, al menos desde que los hermanos Valach han despertado. Parecen satisfechos con el trabajo realizado. El tremendo caserón se halla emplazado tan solo a una hora a pie de la ciudad de Burgos. Lo Hermanos se sienten extranjeros en el lugar -por ahora- pero eso pronto cambiará…
Afuera diluviaba. Una constante marea de agua azotaba la casi única ventada de la planta alta que aún no había sido lapidada, y mediante la cual Tania tenía oportunidad de observar el exterior, como dominando desde las alturas al túmulo de casas que desde allí apreciaba.
La mujer permanecía parada junto al ventanal, mirando con gesto impasible el exterior, como si disfrutara de los truenos y rayos que azotaban el exterior. Era una poderosa música la que sus oídos escuchaban. La Naturaleza era impredecible e imponente, pensaba. En la estancia había un candelabro de seis velas cuyas llamas bailaban al compás del viento que por las ranuras de puertas y ventanas se filtraba y proyectaba figuras fantasmales en los muros. La imponente figura de la mujer descansaba junto a la ventana, imbuida en sus pensamientos. Sus cabellos casi blancos y lacios descansaban sobre la tela negra de su lánguido vestido. Permanecía parada.
En su habitación, la cual daba exclusivamente al escritorio, se escuchó que golpeaban a la puerta. La mujer dio el permiso de entrada casi en un murmullo. Cómo haría quien estuviera del otro lado de la puerta para escuchar el permiso de la mujer, nadie lo sabría. La separaban de la puerta unos cuantos metros. Seguramente más de seis. Pero sorprendentemente, un hombre de unos 27 o 30 años abrió la pesada puerta de dos hojas con mucho sigilo, como temiendo interrumpir. El hombre observó hacia el interior de la habitación que se hallaba en completa oscuridad y la mortecina luz del candelabro, que provenía del escritorio lo condujo entre los muebles sorteando obstáculos, a los cuales todavía no estaba del todo habituado.
El hombre, bien parecido aunque de origen humilde, se deslizó hasta llegar a la entrada del escritorio, donde encontró a la imponente mujer de espaldas a él. Rasmus no había escuchado el permiso para pasar de su ama, pero la conocía por demás y estaba acostumbrado a que ella le hiciera ese tipo de cosas para encontrar un motivo de repudiarle. Deseaba ser como Ivens, y también así lograr el reconocimiento que la hermana -la Señora de Valach –sentía por él. Rasmus tenía un gran complejo de inferioridad, acentuado por el trato de su ama y por culpa de éste es que deseaba siempre superarse tratando de realizar lo mejor posible los encargues de su ama. Aunque no siempre era posible. Pero también tenía ciertos rasgos masoquistas que lo llevaban a la total sumisión y aceptación de los castigos como medio de redimir sus culpas.
Rasmus se quedó junto a la puerta del escritorio, que permanecía abierta y desde allí y con voz temerosa habló.
-Señora mía, ha fallecido. –Dijo mientras se restregaba las manos. Tania se dio vuelta lentamente.
-Ha fallecido. Já, qué término más absurdo. ¿Cuando muere una cucaracha también dices “ha fallecido”? Los seres, fueran lo que sean, sólo mueren. –Dijo a modo de explicación escueta. -¿Lo has sacado de la celda? –Rasmus asintió.
-Está sobre la mesa de trabajo. Ahí lo deposité tal cual lo pidiera usted. –Dijo siempre sin mirarla directo a los ojos.
-Bien. Avísale a mi hermano. Dile que necesito de su supervisión. Que vaya a la sala de experimentos. Allí le espero.
Inmediatamente pasó delante del ghoul como una brisa helada y se dirigió a su biblioteca, de donde tomó un gran libro lleno de anotaciones propias, un recipiente con tinta y una pluma. Luego bajó hasta el subsuelo.
Rasmus, el ghoul, se paró frente a la puerta del laboratorio de Ivens, en el ala norte de la fortaleza. Le daba cierto nerviosismo el traspasar los límites a los que estaba confinado. Tenía prohibida la entrada a ese ala, salvo que el motivo fuera justificable. Éste era el caso, pues llevaba un mensaje de la Señora de Valach. Pero igual sentía los cabellos de su nuca crispados por el miedo. Tocó a la puerta con mucho más temor de lo que lo hiciera en la puerta de su ama hacía sólo unos minutos. Dentro se escuchó la voz del señor de Valach. Rasmus penetró en el laboratorio, tratando de llevar su vista gacha.
-Señor, disculpad mi inoportuna intromisión. Vuestra hermana le pide encarecidamente la acompañe a la sala del subsuelo, pues le necesita para asistirla. Se dispone a trabajar.
No podía ni siquiera tragar la saliva que en su boca se juntaba. La misma devoción que le tenía a Ivens hacía que le temiera casi más que a Tania.
(Continuará)
